lunes, 17 de septiembre de 2012

Hacia una epistemología médica crítica...


 El ejercicio de una disciplina se estructura como un conjunto de saberes organizados que dan sustento a una práctica, a una serie de representaciones, a la construcción de un objeto de estudio, en fin, a un campo científico específico. La cotidianeidad en el desempeño de una función a menudo omite la reflexión crítica sobre el hacer y desdibuja el sustrato de supuestos implícitos que la orientan. Este cuerpo de conocimientos aplicados rutinaria y automáticamente cristalizan en una falsa visión naturalizadora de sus fundamentos lo que impide el reconocimiento de la influencia que determinadas creencias , teorías y axiomas imponen a nuestras percepciones, hipótesis e interpretaciones de los fenómenos sobre los que actuamos. Este plexo, a menudo silenciado, cobra cuerpo (sin perder su invisibilidad) en distintas dimensiones del análisis: normatividades, instituciones, etc,  imprimiendo modalidades de acción específicas y esquemas perceptuales que le son propios. La tradición profesional, heredera del pensamiento cartesiano, de la descisión del sujeto del mundo, de la distinción rígida entre lo objetivo y lo subjetivo que funda la ciencia moderna, alimenta la ilusión de una aplicación neutral, objetiva y descarnada de una perspectiva, una mirada reveladora sobre lo real mismo sin interposiciones de ningún tipo, deshistorizada y carente del ruido informacional de la subjetividad individual o las modulaciones culturales de la época.
La Medicina se ha ido configurando históricamente sobre la base de cierta epistemología, metodología científica, representaciones del cuerpo biológico como su objeto específico de estudio.
La visión del tema de la salud y la enfermedad se encuentra por lo tanto anclada en esta constelación de elementos que conforman su soporte cognitivo y el fundamento último de su práctica. Los significados así construidos dan coherencia a la observación y dotan de sentido a las prácticas profesionales. El discurso médico apela a un ideolecto a través del cual se obtiene la ilusión de suturar la ambigüedad inherente a la lengua y de este modo apropiarse de la enfermedad de manera inequívoca al tiempo que constituye y reafirma su propia identidad profesional. Estos marcos referenciales confieren una seguridad ontológica al corpus doctrinal de una disciplina que se supone ajena a las determinaciones históricas, sociales y subjetivas y contribuyen a aportar la ilusión de fiabilidad y de continuidad ascendente, progresiva e ilimitada de su propio saber. 
La autonomización de la tecnociencia respecto de sus propios fines, de las dimensiones éticas de su ejercicio la convierten en una amenazadora perspectiva.
A través de este breve repaso sobre algunos de sus fundamentos epistemológicos se hace presente un cierto tipo hegemónico de modelo médico que modula la práctica y se instituye como paradigma de generación en generación. Esta particular modalidad profesional es recibida y naturalizada de manera acrítica por los propios médicos desde los estadios más incipientes de su formación bajo la forma de un currículum oculto sostenido en el hacer cotidiano, transmitido como modelo estereotipado de comportamiento. Se trata de elecciones ignoradas, naturalizadas bajo el ropaje de lo obvio, lo inevitable y a salvo de cualquier contingencia capaz de interpelarlas. 
Es la construcción de su objeto de estudio por parte del médico lo que está en cuestión ante la mirada de científico social y no sólo un conjunto inexplicable de prácticas autoritarias o de ejercicios arbitrarios y más o menos despóticos del poder.

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