El ejercicio de una disciplina
se estructura como un conjunto de saberes organizados que dan sustento a una
práctica, a una serie de representaciones, a la construcción de un objeto de
estudio, en fin, a un campo científico específico. La
cotidianeidad en el desempeño de una función a menudo omite la reflexión
crítica sobre el hacer y
desdibuja el sustrato de supuestos implícitos que la orientan. Este cuerpo de
conocimientos aplicados rutinaria y automáticamente cristalizan en una falsa
visión naturalizadora de sus fundamentos lo que impide el reconocimiento de la
influencia que determinadas creencias , teorías y axiomas imponen a nuestras
percepciones, hipótesis e interpretaciones de los fenómenos sobre los que actuamos.
Este plexo, a menudo silenciado, cobra cuerpo (sin perder su invisibilidad) en
distintas dimensiones del análisis: normatividades, instituciones, etc, imprimiendo modalidades de acción
específicas y esquemas perceptuales que le son propios. La tradición
profesional, heredera del pensamiento cartesiano, de la descisión del sujeto
del mundo, de la distinción rígida entre lo objetivo y lo subjetivo que funda
la ciencia moderna, alimenta la ilusión de una aplicación neutral, objetiva y
descarnada de una perspectiva, una mirada reveladora sobre lo real mismo sin
interposiciones de ningún tipo, deshistorizada y carente del ruido
informacional de la subjetividad individual o las modulaciones culturales de la
época.
La Medicina se ha ido configurando históricamente sobre
la base de cierta epistemología, metodología científica, representaciones del
cuerpo biológico como su objeto específico de estudio.
La visión
del tema de la salud y la enfermedad se encuentra por lo tanto anclada en esta
constelación de elementos que conforman su soporte cognitivo y el fundamento
último de su práctica. Los significados así construidos dan coherencia a la
observación y dotan de sentido a las prácticas profesionales. El discurso
médico apela a un ideolecto a través del cual se obtiene la ilusión de suturar
la ambigüedad inherente a la lengua y de este modo apropiarse de la enfermedad
de manera inequívoca al tiempo que constituye y reafirma su propia identidad
profesional. Estos marcos referenciales confieren una seguridad ontológica al corpus doctrinal de una
disciplina que se supone ajena a las determinaciones históricas, sociales y
subjetivas y contribuyen a aportar la ilusión de fiabilidad y de continuidad
ascendente, progresiva e ilimitada de su propio saber.
La
autonomización de la tecnociencia respecto de sus propios fines, de las
dimensiones éticas de su ejercicio la convierten en una amenazadora
perspectiva.
A través de
este breve repaso sobre algunos de sus fundamentos epistemológicos se hace
presente un cierto tipo hegemónico de modelo médico que modula la práctica y se
instituye como paradigma de generación en generación. Esta particular modalidad
profesional es recibida y naturalizada de manera acrítica por los propios
médicos desde los estadios más incipientes de su formación bajo la forma de un
currículum oculto sostenido en el hacer cotidiano, transmitido como modelo
estereotipado de comportamiento. Se trata de elecciones ignoradas,
naturalizadas bajo el ropaje de lo obvio, lo inevitable y a salvo de cualquier
contingencia capaz de interpelarlas.
Es la construcción de su objeto de estudio por parte del
médico lo que está en cuestión ante la mirada de
científico social y no sólo un conjunto inexplicable de prácticas autoritarias
o de ejercicios arbitrarios y más o menos despóticos del poder.
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